Uno de los libros más lindos que he leído, y que siempre recomiendo, es Virtudes cercanas, de Mauricio García Villegas. En vez de hablar de las virtudes en abstracto, retrata a ocho amigos y deja que cada uno encarne una: Carlos Gaviria o la elocuencia, Jorge O. Melo o la sapiencia, Marie Delhaye o la autonomía. Su tesis es simple y poderosa: las virtudes no se aprenden en tratados sino por imitación, viendo vivir a quienes las tienen.

Entre las ocho virtudes, sin embargo, no está la alegría. No es un descuido: la tradición clásica nunca la consideró una virtud sino una emoción, un temperamento. Algo que a uno le pasa, no algo que uno practica.

Creo que esa clasificación se equivoca. O, al menos, conocí a alguien que la desmiente. Se llamaba Ignacio Durán y murió hace unas semanas. Su alegría no era un temperamento afortunado: era algo que él elegía, cultivaba y sostenía. No el optimismo ingenuo del que no ve los problemas, sino la alegría de quien los ve todos y decide construir de todas maneras. Una virtud.

Ignacio Durán

Esa alegría atravesó toda su vida. Estaba en el joven profesor del San Carlos que consiguió el primer computador del colegio —de los que se programaban con tarjetas perforadas— y que décadas después seguía contando como una travesura. Estaba en los más de treinta años que le dedicó al Colegio Los Nogales, una obra paciente, sin afán de figurar. Y estaba en la idea descabellada de juntar los dos mundos que conocía por dentro —Los Nogales y McKinsey— para crear algo que no existía. De esa idea nació MentuLabs, que él acompañó desde la junta hasta el final.

Donde mejor se veía era en los momentos difíciles. Hace tres años, en la peor crisis de la empresa, Ignacio me llamó todos los días. No a revisar números: a preguntarme cómo estaba yo, y a repetirme, con una serenidad que yo no tenía, que íbamos a salir. Su alegría era una forma de coraje, y era contagiosa. Salimos, en buena parte, porque él nunca dejó de creer que saldríamos.

Aparecía también en las cosas pequeñas. No se perdió una fiesta de fin de año del equipo: se tomaba sus cervezas, entraba en las rifas, y se sentaba con cada persona a preguntarle qué hacía. Y la conservó durante la enfermedad: en mi última visita no hablaba de lo que perdía sino del orgullo por lo que habíamos construido.

Momento de alegría

García Villegas dice que las virtudes se contagian, y la prueba está en la familia de “Nacho”, como le decían sus nietos. Basta pasar un rato con ellos para entender que su obra más lograda fue la doméstica: todo lo demás salía de esa fuente.

Necesitamos más personas como él: ambiciosas, pero al servicio de algo más grande que ellas mismas; que imaginen lo que no existe y se arriesguen a hacerlo, no con la angustia del que apuesta sino con la alegría del que construye. Si las virtudes se aprenden por imitación, los que conocimos a Ignacio tenemos tarea.

Gracias, Nacho.

Equipo MentuLabs